Este 19 de marzo se celebra en toda Italia la Festa del Papà, en coincidencia con la festividad de San Giuseppe, figura central de la tradición católica y símbolo de la paternidad.
A diferencia de otros países, donde la fecha es móvil, en Italia mantiene un fuerte anclaje religioso. San Giuseppe es considerado modelo de padre trabajador, protector y guía familiar.
Una de las tradiciones más extendidas es el consumo de los Bignè di San Giuseppe, especialmente en regiones como Lazio y Campania. Se trata de masas fritas o al horno rellenas con crema pastelera, que se preparan exclusivamente para esta ocasión.
“Es una celebración que une lo religioso con lo cotidiano, donde la familia y la mesa tienen un rol central”, destacan desde el ámbito cultural. En muchas ciudades también se organizan ferias, eventos locales y actividades escolares dedicadas a los padres.
En el sur de Italia, la fiesta suma los falò: hogueras en las plazas que se encienden desde la tarde. En Sicilia son purificadoras, heredadas de ritos paganos del fin del invierno. En el campo, los falò de San Giuseppe marcaban el inicio del ciclo agrícola: se quemaban los restos de las podas y se pedía una buena cosecha. Una tradición que habla de tierra, familia y continuidad.
En Rosario y toda la región santafesina, el 19 de marzo resuena en miles de hogares con apellido italiano. La comunidad italo-rosarina —una de las más grandes de América Latina— lleva generaciones festejando el Día del Padre con la mezcla de lo italiano y lo argentino que define a esta ciudad: el mate en la mesa junto a las zeppole, los abuelos que todavía recuerdan el nombre del pueblo del norte de Italia o de la Campania de donde vinieron.
Las asociaciones italianas de Rosario —Círculo Italiano, Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, Dante Alighieri, las federaciones regionales— suelen tener actividades especiales en esta fecha. Y en algunas panaderías y confiterías de la zona del Mercado Progreso y el centro histórico todavía se consiguen las zeppole di San Giuseppe: un sabor que cruza el Atlántico y llega intacto a la mesa rosarina.
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