Italia

De Montes de Oca a Cine Città en Roma: Agustina Toia, la artista que no para de crear

La dramaturga, poeta, actriz y directora de teatro y cine oriunda de Montes de Oca recorrió cinco países europeos, aprendió cuatro idiomas y hoy filma en los pueblos del sur santafesino. "No puedo parar de crear. O sale en una canción, en una poesía o en un dibujo, pero no puedo parar."

Agustina Toia tiene 41 años, nació en Rosario y se crió en Montes de Oca, un pueblo de 2.700 habitantes en la provincia de Santa Fe. Ese horizonte infinito de la Pampa —ese que se camina sin llegar nunca— la configuró para siempre.

«Yo viví muchos años en Europa, pero en ningún lado encontré ese horizonte tan profundo y tan grande», dice. Dramaturga, poeta, dibujante, actriz y directora de teatro y cine, Agustina fundó en 2014 la compañía Kashimá y hoy trabaja en «La luz de la lluvia», su película más ambiciosa, filmada en Montes de Oca, Andino, Lucio V. López, Freire, Serodino y Rosario, y candidata a festivales internacionales como Locarno y San Sebastián.

El camino no fue recto ni fácil. A los 18 años se vino a Rosario a estudiar teatro en la academia de Nigelia Soria. Después se fue a Buenos Aires, donde debutó en calle Corrientes con la versión argentina de High School Musical de Disney, firmando autógrafos como Sharpay ante tres mil personas. Duró poco. «Esto no es para mí», se dijo. «Yo quería crear. Crear es lo que más me gusta. Nunca en mi vida tomé una obra de otra persona. Ni un Hamlet, ni nada. Tengo esa necesidad de decirle algo al mundo.» A los 20 años se fue a Roma siguiendo a su pareja, que tenía una beca, y lo que iba a ser un paréntesis se convirtió en siete años de formación intensiva en cinco países: Italia, Francia, Inglaterra, Alemania y Suiza. En Roma se coló en la Sapienza —sin ciudadanía, apenas con la cara— para entrenarse con los discípulos de Grotowski y Eugenio Barba. Estudió biomecánica teatral en Perugia, trabajó en el cine más antiguo de Roma junto al proyeccionista Rosano, se cruzó con Ettore Scola y Alberto Sordi, y pegó papelitos de institutriz de español en una librería de Piazza Navona que la llevaron —sin saber cómo ni a dónde— a enseñarles a los nietos de una de las familias más poderosas de Italia. «Caí en esa familia. Fue el destino escrito», cuenta. «Un laburó que me ayudó: dos o tres meses trabajaba y después podía viajar y seguir formándome.»

«Vinculo el viaje a Italia con un llamado de la sangre», dice Agustina, y la frase no es poética: su abuela paterna, Carmen Dixel —conocida como Jorgelina—, trabajó en el Canal 3 de Rosario en los años 40 y quiso ser actriz pero su padre le dio una cachetada cuando lo dijo. «En los años 40, ser actriz era lo mismo que ser prostituta. Yo sé que cargo con eso. Traigo también algo de esa cachetada, que estoy reparando.» El apellido Toia viene del otro lado: su padre, Gerardo, es contador y agricultor. El italiano ya estaba en la casa de Montes de Oca: los padres lo hablaban entre ellos, a veces, y Agustina lo fue absorbiendo sin saberlo. Cuando llegó a Roma, el idioma le salió solo. Hoy habla cuatro: inglés, italiano, francés y algo de alemán. En su compañía Kashimá —nombre inventado con un niño romano, «como el glíglico de Cortázar»— dirige, actúa, escribe y produce en todos esos idiomas. «Las Juanas» —su obra sobre Juana de Arco, Juana Azurduy y Juana la Loca, puro cuerpo y biomecánica durante hora y media— giró por toda Italia y llegó también a Rosario, donde entre el público encontró a Emilio Bellón, el maestro de cine que le enseñó a amar el séptimo arte. «Cuando lo vi me emocioné. Él me hizo amar el cine.»

Hoy vive en Tablada, en el sur rosarino. Dice que ese barrio le recuerda a dos cosas al mismo tiempo: a su infancia en Montes de Oca y a las afueras de Catania, en Sicilia. «El kiosco, el almacén, la gente en la vereda tomando mate. Es eso.» Está terminando «La luz de la lluvia», la película que filmó con todos los habitantes de Montes de Oca y en locaciones de los pueblos del sur de Santa Fe. El título viene de su padre parado en la puerta de la casa mirando el cielo. «Todos miraban el cielo. La promesa estaba en el cielo, pero yo quería vivir en la tierra.» Prepara también un libro de poesía bilingüe con dibujos propios junto a la poeta romana Elena D’Angelo, y una línea de vestidos con sus ilustraciones. Si no fuera artista, dice, sería astronauta. Lo intentó decirle a una profesora en quinto año y la profesora se rió. «Por suerte uno tiene esa fortaleza. Pero fijate cómo a otro le dice así y lo bloquea para toda la vida.»

Fuente: La Capital de Rosario (entrevista original) · Compañía Kashimá · 2026.

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